Una pasión irlandesa
Una historia de amor y misterio ambientada en los acantilados de Moher, uno de los lugares turístcos más bellos y visitados en la actualidad, aunque la historia de la novela se desarrolla en el siglo XIX. Una novela de romance y misterio con un paisaje hermoso de fondo.SINOPSIS
UNA PASIÓN IRLANDESA
CAMILA WINTER
EXTRACTO CAPÍTULO 1
Phoebe observó
el paisaje del mar embravecido golpeando la costa y avanzó atraída por su
poder, era como el éxtasis, era libertad y también alivio. Un mar revuelto y
convulso se agitaba a la distancia y llegó hasta ella el viento que arrastraba
el oleaje quitándole el gorro que pacientemente había atado su doncella horas
atrás para que sujetara su cabello castaño y rizado pues no era correcto que
una damisela se paseara con el cabello sin peinar. Ahora en libertad se sentía
mucho mejor, más libre y siguió avanzando para ver ese paisaje de cerca.
Nubes oscuras se
apilaban en el horizonte y a la distancia, del otro lado de la playa, sólo se
veía una casa inmensa, cubierta de niebla que le daba un aspecto casi fantasmal.
Phoebe vio la mansión con expresión distraída, sin prestarle demasiada atención
mientras bajaba a la playa por el atajo que bien conocía, cuidándose de no
lastimarse con las rocas ni rasgar su vestido.
Solía dar paseos
los días de tormenta, se quedaba un momento sólo para ver el mar y luego
regresaba con su caballo a su hogar, la mansión ruinosa de Warren Hill. Ese día sin embargo se había escapado aprovechando
un descuido de su hermano y se sentía feliz, hacía semanas que no podía ver el
mar, él le había advertido que era peligroso, pero es que se acercaba el
invierno y sabía que se lo pasaría encerrada. Odiaba estar confinada, pero si
desobedecía luego sería castigada y ya no estaba su nana para defenderla. La
mansión de Warren hills se había convertido en un mausoleo sombrío y triste
luego de morir sus padres y su hermano Eric parecía odiarla ahora… No, no la
odiaba en realidad, era mucho peor que eso…
En sus labios se
dibujó una mueca de amargura al pensar en su hermano, amargura y miedo. Y su
antiguo hogar se había convertido en un lugar oscuro y solitario y su hermano
un tirano que la dejaba todo el día encerrada, sin poder ver a nadie.
De pronto miró
el mar a la distancia y deseó tanto poder mecerse en sus olas y partir muy
lejos y en su rostro se dibujó una expresión de anhelo tan intenso. Tal vez si
se acercaba hasta las rocas podría saltar de lo más alto, del borde del
acantilado y entonces… encontraría paz. Paz y calma. En el mar. Amaba el mar y
le parecía un final grandioso, mucho mejor de lo que había sido su existencia.
Sus pasos la
guiaron hasta el final mientras su cabello se agitaba al viento. Sólo
necesitaba seguir el camino y tomar coraje, un poco más y… Pero se detuvo al ver
un mar oscuro y embravecido agitándose contra las rocas y las olas llenas de
espuma salpicaron su rostro y la hicieron retroceder unos metros. Tal vez no
fuera una buena idea después de todo. Visto de cerca el mar parecía un demonio
loco y temperamental, fascinante pero muy peligroso, esas rocas la harían
pedazos y… cerró los ojos para no verlo, si veía el mar estaba segura de que no
saltaría.
De pronto sintió
que alguien hablaba a escasos metros de allí.
—Señorita,
deténgase. Aguarde—dijo una voz.
Ella lo miró
asustada de que un extraño hubiera invadido su santuario, estaba tan molesta
como inquieta. De pronto tembló al pensar que era su hermano Eric, pero él no
la habría llamado así, y ese no era su caballo tampoco.
—Aléjese de mí o
saltaré—gritó Phoebe armándose de valor.
No quería a ese
hombre cerca, tenía mucho miedo, estaba a punto de lanzarse el mar y eso la aterraba,
pero verse lidiando con un desconocido entrometido la asustaba aún más.
El caballero
hizo un gesto con las manos. Lo miró con fijeza, lucía un traje oscuro y
sombrero alto y tenía un aspecto distinguido, noble. Se preguntó si sería el
amo de la mansión del acantilado que la había visto llegar a la costa y le
molestaba que invadiera sus tierras. Sus ojos azules la miraron con cierta
acritud o temor. No estaba segura. Sin embargo, cuando habló supo que sólo
quería ayudarla.
—No le haré daño,
señorita, tranquila. Por favor, aléjese de esas rocas, es muy peligroso, podría
caer. Déjeme ayudarla.
—¿Ayudarme? No
necesito su ayuda, aléjese de mí—gritó ella hostil, no pudo evitarlo, estaba
muy nerviosa en esos momentos. Y casi sin darse cuenta retrocedió acercándose
un poco más al abismo, al acantilado y vio cómo los ojos del extraño se
horrorizaban y gritaban que no lo hiciera.
Ella se asustó
con sus gritos y se quedó inmóvil contemplando el mar, sintiendo la brisa
marítima golpear su rostro y darle bríos inesperados para enfrentar lo que
fuera. Estaba allí, lo había conseguido y ahora, apremiada por el desconocido
sí quería saltar y poner fin a su encierro y agonía, a sus terrores nocturnos,
al demonio que la acechaba y quería entrar en su habitación... siempre. Siempre
estaba allí, jamás la dejaba en paz.
Novela publicada en el año 2018
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